Burbujas pasadas y burbujas presentes

Quienes vivimos de cerca la época de la burbuja de Internet no nos dejamos influir por los relatos fantásticos que ahora, casi una década después, hacen ver que unos chavales inexpertos e ilusionados, convencían a fuerza de argumentos ininteligibles a todo un comité de expertos en inversiones de las sociedades de capital riesgo.

Ni esa es la verdad, ni es una razón en caso de que lo fuera. El problema fue la acaparación masiva de proyectos que prometían concurrencias masivas sin calibrar las posibilidades de retorno de la inversión que existían realmente. En cuanto alguien hablaba de posibles millones de visitas diarias, aquello ya parecía digno de ser comprado.
Hubo incluso iniciativas de alguna ejecutiva hija de banquero que supusieron la pérdida de miles de millones de pesetas, básicamente por apostar por un mercado no suficientemente maduro, y sobre todo, sin los necesarios conocimientos del sector.

Este caso, como muchos otros en la época de la burbuja, no dejan de ser anecdóticos, ya que no afectaron más que a los bolsillos de los inversores, y sirvieron para retrasar varios años todo el resto de proyectos, algunos de los cuales podrían haber sido viables y rentables.

El problema viene cuando se financian proyectos que parecen sacados de la época de las fantasías de Internet, y se hace con dinero público. Se acaba de presentar en Andalucía un portal, que si no fuese porque lo he visto en las noticias de hoy, pensaría que se trata de una de aquellas presentaciones de finales de los noventa.

El proyecto en cuestión presenta la “revolucionaria” idea de crear una feria virtual permanente de empresas. Un lugar virtual equivalente a las ferias empresariales conocidas.

Debo reconocer que a lo largo de estos años, no ha pasado un mes sin que alguien me hiciera una consulta respecto a la implantación de un portal que reuniera a empresas organizadas por sectores. He ahorrado grandes cantidades de dinero a muchos inversores mostrándole la realidad de Internet, y haciéndoles comprender que una buena idea está muy lejos de ser un buen negocio, tanto en la Red, como en el mundo real.

Habitualmente, quienes proponen estos negocios son personas que piensan que su propia escasa experiencia en Internet es extensible al resto del tejido empresarial, por lo que creen hacerles un favor abriéndoles los ojos mediante soluciones tecnológicas, que curiosamente siempre intentan parecerse al mundo real. Es como si para que se pueda localizar una empresa en la Red, se necesitara una ubicación en una calle y un número, y además, se pudiera llegar hasta allí con algo parecido a andar.

Podría decir que sé de antemano que esta iniciativa será un fracaso basándome en mi experiencia como consultor de proyectos para Internet, pero ni siquiera necesito eso. Hay una cosa que se llama sentido común. Hace muchos años una gran compañía se inventó una red empresarial paralela a Internet para poder controlarla y cobrar por su uso, se llamaba Infovía, y hablo en pasado porque duró bastante poco. Después, otro gran negocio llamado páginas amarillas tuvo que rendirse a una evidencia llamada buscadores, y más concretamente Google, y es que, señores inversores, la gente busca las empresas y los servicios en la ventanita del buscador, y eso es que ha hecho de Internet algo útil.

Necesitaría otro artículo para describir las innumerables barbaridades cometidas en este proyecto, tanto técnicas, como de usabilidad; pero ni siquiera eso es lo más importante, lo que realmente me preocupa es saber quién analizó el proyecto y decidió financiarlo con dinero público a través de una sociedad de capital riesgo de la Junta de Andalucía, cuando es justamente éste Gobierno Regional uno de los que más y mejor está trabajando para que las nuevas tecnologías se impongan a través de su conocimiento y la formación para su uso.

José Manuel Oliveros